LA CAIDA.Por Macario Schettino

 FUERA DE LA  CAJA/@macariomx

Aunque en la escuela nos lo platican diferente, en realidad los países latinoamericanos nos separamos de España porque el reino se venía abajo, y la única forma de asegurar los privilegios de las élites locales era con la independencia. Cuando, cincuenta años después, la primera globalización requirió grandes cantidades de materias primas, esas élites alcanzaron niveles obscenos de riqueza, mientras la inmensa mayoría de la población vivía como siempre había vivido: en la miseria. En el siglo XX, en lugar de resolver esa fractura, lo que hicieron los políticos fue reproducir el caudillismo del siglo anterior, pero en versión populista y demagógica.

El resultado fue un crecimiento que destruyó recursos, sin que la fractura se corrigiese. Apenas hace 25 años que empezamos a tratar de construir un marco institucional propio de la modernidad. Mientras nosotros hacemos ese inmenso esfuerzo, el país que había sido la referencia de esa modernidad ha tomado la dirección opuesta y trata de convertirse en tercermundista. No hay otra manera de entender que tengan un presidente como el actual. No es necesario detallar el tema de la conocida misoginia del señor Trump, o del odio que tiene contra los mexicanos, todavía sin explicación. Pero su comportamiento es deplorable. Se ha enfrentado con todos los aliados de Estados Unidos, todos ellos democracias, y ha estrechado lazos con autócratas como Putin, la familia Saud o Erdogan. No ha sido capaz de mostrar sus registros fiscales, ha mentido acerca de la relación con Rusia, ha despedido a tres funcionarios del más alto nivel en el área de justicia, y ha recibido dinero de potencias extrajeras a través de sus empresas.

Tuvo la primera reunión con su gabinete completo esta semana, a casi 150 días de iniciar su gobierno, y la utilizó para que cada uno de los secretarios pudiera expresar públicamente su admiración por él. Creo que desde los tiempos de López Portillo eso no ha ocurrido en México ni de cerca.

Las deposiciones del señor Comey y de Jeff Sessions frente al comité de inteligencia del Senado han ilustrado el tamaño del problema. Ya está confirmado que el gobierno ruso intervino en la elección de Donald Trump, pero ni éste ni su fiscal, Sessions, han investigado nada al respecto, según dijo este último bajo juramento. Y fue lo único que dijo, porque no quiso comentar acerca de sus pláticas con Trump, haciendo referencia a una política del Departamento de Justicia que, todo indica, nunca ha existido. Con respecto a sus reuniones con el embajador ruso, dijo no recordar que hubiesen ocurrido, que si acaso lo que hubo fue “encuentros”, y que está seguro de no haber comentado nada impropio. Si no hubo reuniones, ¿por qué no puede recordar los comentarios? Uno supondría que no existieron, de forma que no es problema de recuerdos. Es evidente que Sessions intentó desacreditar a Comey, comprometiéndose a declarar bajo juramento, igual que aquél, pero no pudo hacerlo en tanto que no quiso hablar de las reuniones con Trump ni recordar las que tuvo con los rusos. Es decir, nada parecido a las respuestas del exdirector del FBI, que incluso había puesto por escrito las conversaciones con Trump inmediatamente después de que habían ocurrido. El berenjenal en que se ha metido el gobierno de Trump en el tema Rusia no parece tener salida. Lo único que lo mantiene en la Casa Blanca es que los votantes republicanos lo siguen respaldando. La semana pasada, el 82% confiaba en él. Sólo el 8% de los demócratas y el 31% de los independientes tienen esa misma opinión. Los legisladores republicanos, temerosos de perder su base, no se atreven a enfrentarlo. Cosecharán lo que están sembrando: un país del tercer mundo.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

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